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Como habréis visto en el blog, he estado durante unas semanas viajando por Tailandia con mi familia.

Parte del viaje ha sido para realizar el proyecto fotográfico y solidario Km42, del que ya os he contado muchas cosas.

Otra parte del viaje ha consistido en disfrutar del entorno, de la gente y pasar unos días de relax en familia.

Tailandia nos ha parecido un país fabuloso, todo el mundo nos ha tratado con simpatía y educación, diría más, con mucha simpatía. Mis hijas se han llevado todas las atenciones, sobretodo Ona, que con 3 años, pelo rubio y rizos atraía mucho la atención.

Pero después de muchos días de sentirnos como en casa, llegó el turista expoliador.

10 de la mañana, un tipo con una lata de cerveza en la mano, voz por encima de la media en volumen y tono desagradable entra en el restaurante del hotel. Sin ser cliente, se dirige al camarero más simpático y atento de todos y con esa voz de cazalla, le pregunta en un English de ese que entiendes a la perfección: “¿hay algo para comer?”. El camarero sorprendido le dice que sí, que lo que ve en el bufete está a su disposición, a lo que el tipo contesta: “¿solo eso?”, “quiero más, quiero la carta”…

No entraré en detalles de como fue la conversación, fue desagradable, sobretodo por el “desprecio” con el que trataba al camarero.

Algunos viajan a Tailandia en plan expoliador, pensando que la simpatía y educación de los hombres les hace idiotas y que todas las mujeres tailandesas son putas, así de claro. Un tipo de turista al que le repampinfla la gente, la cultura, la naturaleza y que viaja como si fuera un virus, al que solo le importa el mismo.

De estos hay por todas partes, pero el contraste de esos días de tranquilidad con la intervención de ese individuo fue alterante y quería contarlo.